“Después de perseguir a los filisteos, la gente le dijo a Saúl que David se encontraba en el desierto de Engadi. Saúl eligió a tres mil hombres israelitas y se fueron a buscar a David y sus hombres en la región de los Peñascos de las Cabras. Saúl llegó a un redil de ovejas en el camino. Cerca de ahí había una cueva, donde entró para hacer sus necesidades. David y sus hombres se escondían en el fondo de la cueva. Los hombres le dijeron a David: ‘Este es el día al que se refería el Señor cuando te dijo: Te entregaré a tu enemigo para que hagas con él lo que mejor te parezca’. Entonces David se acercó a Saúl sin hacer ruido y cortó el borde del manto de Saúl sin que él se diera cuenta. Pero a David le remordió la conciencia por lo que había hecho” (1 Samuel 24.1–5 PDT).

En este relato descubrimos que David:

  • Rompió con lo establecido en los conflictos, al no destruir a su perseguidor. Le concedió una oportunidad para la enmienda, devolviéndole así bien por mal.
  • No se dejó manipular por las palabras de sus hombres. Ellos decían algo que Dios no había dicho, y David lo sabía.
  • Conocía las promesas de Dios y su modus operandi.
  • Permitió que sus principios sometieran a sus sentimientos.
  • Demostró una sensibilidad poco común, al turbarse por haber cortado la orilla del manto de Saúl.
  • Comprendió que aquel manto era más que un vestido; simbolizaba autoridad.

La sensibilidad de David

En www.wordreference.com, el término sensibilidad se define así:

  • Capacidad propia de los seres vivos de percibir sensaciones y de responder a muy pequeñas excitaciones, estímulos o causas.
  • Tendencia natural del hombre a sentir emociones, sentimientos.
  • Capacidad de entender y sentir ciertas cosas.

El DRAE explica: El término sensibilidad guarda relación con las películas, definiendo como películas de alta sensibilidad a las que, recibiendo una pequeña dosis de luz, generan una imagen aceptable. Sensibilidad es también la eficacia o precisión de algunos instrumentos o aparatos electrónicos, científicos, u ópticos.

Realizando una comparación, diríamos que David se comportó como una buena película, pues con una pequeña dosis de luz, generaba lo mejor de sí, resultando preciso y eficaz en su forma de actuar en los momentos cruciales.

No existe ser humano que no peque, pero qué bueno es poseer un corazón sensible que reaccione con inmediatez a la luz del Espíritu. David cortó la orilla del manto de Saúl y al instante se turbó. Sus firmes creencias actuaron de inmediato. Sensibilidad es dolerse al arrebatar la dignidad de otros, debido a un mal comentario o a una palabra incorrecta. David sintió que había arrancado un trocito de la dignidad del rey, y por ello se arrepintió.

¿Te afliges al cercenar la dignidad ajena? ¿Sientes de inmediato el profundo dolor que sufre Dios cuando lastimas a una de sus criaturas? Tu madurez se relaciona con tu sensibilidad. La sensibilidad es la raíz que nutre el tronco de la espiritualidad. David se sintió mal por hacer algo “pequeñito”. Los corazones nobles sufren en cuanto causan un pequeño daño a sus semejantes, cuando les arrebatan algo tan preciado como es su dignidad. Por el contrario, los corazones endurecidos no sienten dolor por el mal creado, o lo hacen cuando el daño infligido resulta desmesurado.

Unos sienten dolor por sus desacertados comentarios: “No tenía que haber dicho eso; ¡está mal! He cortado el borde del manto de la dignidad de quien lleva la imagen de Dios”. Entretanto, otros tienen el corazón tan endurecido que se atreven, no solo a arrancar un trozo de dignidad de su prójimo, sino a desnudarlo completamente, sin importarle sus sentimientos.

El corazón insensible es como la coraza de una tortuga. Necesitas sumergirte de continuo en el río de Dios para que la tierra de tu alma no se endurezca ni genere mugre. Cuanto más tiempo emplees meditando la palabra de Dios, más se irá limpiando tu interior de la inmundicia del pecado. Jesús declaró limpios a sus discípulos por su palabra (Juan 15.3). Nada limpia mejor que las palabras del Santo Dios.

David conservó su sensibilidad al conservar su relación con Dios. La adoración es un buen detergente para el alma, y David era un experto adorador. Jesús también fue un insaciable adorador. Contempló a las personas con la mirada del Padre; sus ojos tiernos, compararon a las multitudes con un gran rebaño de ovejas sin pastor. Mantener tu comunión con Dios es como aplicar colirio a tus ojos espirituales, protegiendo su pureza y salud. Cuando te alejas de Dios, se alejan tus ojos del cielo y se arrastran por la tierra.

Decía el filósofo griego Sócrates: “Habla para que yo te conozca”. Descubrirás el estado espiritual de una persona pasando tiempo con ella y escuchándola. Quien con facilidad mata a Saúl con sus palabras, está alejado del misericordioso Dios, pues “Si alguno dice: ‘Yo amo a Dios’, pero odia a su hermano, es mentiroso, pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Juan 4.20).

No tengas temor a equivocarte, ten temor a no sentirte mal después de descubrir que te has equivocado. Tu reacción definirá la salud de tu corazón y de tu sensibilidad. Determínate a pasar más tiempo con Dios. Exprésale de todo corazón:

“Señor, dame un corazón sensible a la voz de tu Santo Espíritu, para vivir alejado del pecado. Que cuando por ignorancia tropiece, enseguida pueda darme cuenta de mi error para no perseverar en él por más tiempo”.

“Te pido perdón por haber robado la dignidad de… (cita el nombre de las personas cuya dignidad hayas dañado con tus palabras). Determino cambiar mi modo de pensar y hablar, reconociendo que debo amar a las personas como tú me has amado a mí, teniendo misericordia de ellas cuando se equivocan, del mismo modo que yo recibo tu misericordia cada día”.

“Así como David soportó la presión de sus hombres, negándose a actuar contra Saúl, yo determino no ceder ante la presión de quienes deseen incitarme a dañar a alguien, sea con palabras o acciones contrarias a tu buen hacer”.

“Como David, corregiré toda palabra necia que provenga de mis amigos y seres queridos”.

“Sabiendo que lo que expreso y escucho puede contaminarme, resuelvo no participar en conversaciones que entristezcan tu corazón”.

“Declaro que las cuatro aperturas de mi cabeza te pertenecen:

  1. Los ojos para mirar lo correcto.
  2. La boca para hablar lo que te agrada.
  3. Los oídos para no escuchar lo que te entristece.
  4. La nariz para no meterla en asuntos ajenos”.

“Reconozco mi pecado y acepto tu perdón, en el nombre de Jesús. Amén”.


Tomado del libro El lenguaje del reino.


Imagen cortesía de Nick Fewings en Unsplash.


 

Definiendo la sensibilidad
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