Existe una idea sumamente extendida acerca de la pasión en las relaciones. Se cree, afirma, y hasta enseña, que todo fuego acaba apagándose.

Cuando una pareja principia su andadura matrimonial, no falta el aguafiestas que comenta: “Disfrutad estos momentos porque ya no volverán”. Otros, más ácidos en sus comentarios, añaden: “Aprovechad la luna de miel que pronto llegará la de hiel”. Luego están los que no cesan de arrojar agua fría sobre quienes muestran algún tipo de fervor, sea emocional o espiritual. Otros contagian su amargura a los ilusionados, hablándoles de tal o cual líder que les falló; vamos, que no se hagan ilusiones porque tarde o temprano entrarán a formar parte de los “resentidos sinsentidos”, una cada vez más frecuente especie de humanos que han renunciado a vivir apasionados. ¿Conoces tipos así?

Pese a esos malintencionados bomberos, empeñados en extinguir los buenos fuegos, es posible conservar el calor interno. No hay excusas. Eres responsable de mantener vivas las llamas del amor en cada área de la vida (personal, matrimonial, familiar, fraternal, espiritual, etc.). No valen las trampas ni lanzar balones fuera culpando a uno u otro por tu apatía.

El amor por Dios, por su obra y por las personas, puede mantenerse prendido a través de los años, de hecho, estoy convencido de que puede incrementarse.

Te animo a deshacerte de toda mentira, creyendo que los fuegos que un día se apagaron, esas llamas legítimas y necesarias, pueden resurgir. No albergues la tibieza, deséchala. Recuerda qué fue lo que extinguió el fuego y retoma las primeras obras, aquellas que en un principio originaron un gran incendio.

“Pero tengo una queja en tu contra. ¡No me amas a mí ni se aman entre ustedes como al principio! ¡Mira hasta dónde has caído! Vuélvete a mí y haz las obras que hacías al principio” (Apocalipsis 2:4,5).

Recuerda que tus actitudes pueden apagar fuegos o mantenerlos encendidos.

El fuego no se apagará
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