Comúnmente se afirma que somos cuerpo, alma y espíritu, aunque la Biblia establece un orden distinto: espíritu, alma y cuerpo (1 Tesalonicenses 5:23). Así es, somos seres tripartitos; somos espíritu, somos alma y somos cuerpo.

  • El espíritu es esa parte que se relaciona con Dios y abraza lo sobrenatural.
  • El alma incluye los sentimientos, los pensamientos y la voluntad. Lo que sentimos, lo que pensamos y lo que deseamos, resulta trascendente para las relaciones interpersonales.
  • El cuerpo es el transmisor de lo que pensamos o sentimos. Procuramos cuidar su salud, evitando contraer enfermedades que acorten nuestros años de vida.

El “mimado”, sobre quien recaen las principales atenciones, suele ser el cuerpo. Son varias las razones para explicar tamaña atención: la apariencia y su excesivo énfasis en lo externo (cuidamos más el caparazón que el corazón), la salud, la ignorancia o el descuido de las otras áreas, el pensamiento materialista que estímula lo físico en detrimento de lo espiritual, etc. Muchas campañas se centran en la alimentación, el ejercicio, o en los peligros del tabaco, el alcohol y las drogas. Pero ¿qué ocurre con el alma y el espíritu?

Del mismo modo que tenemos muchos desnutridos físicos, existen -y en mayor cantidad-, los desnutridos espirituales. Si el colesterol o la diabetes representan un grave problema, no lo son menos la depresión o el desaliento. 

Según afirma la OMS: “La depresión es un trastorno mental frecuente que afecta a más de 300 millones de personas en el mundo, siendo la principal causa mundial de discapacidad. Contribuye de forma muy importante a la carga mundial general de morbilidad y en el peor de los casos puede llevar al suicidio”.

Aunque muchos especialistas tratan sus efectos por medio de medicamentos o terapias, son pocos los que se atreven a mencionar el abandono de la parte interior del ser como una de las mayores razones del desaliento humano. La fórmula es sencilla: Desatención = desesperación. 

El psiquiatra francés y descubridor de los tranquilizantes, Pierre Deniker, sabía esto cuando afirmó: “Si el alma no mantiene una comunión serena con Dios de nada valen los tranquilizantes para el cuerpo”.

El cuerpo precisa alimentación, ejercicio, higiene y revisiones periódicas. ¿Acaso el alma y el espíritu no tienen necesidades? Si cuidamos y nutrimos el cuerpo, ¿por qué descuidar los pensamientos, los sentimientos, la búsqueda de lo trascendente y la relación con Dios?

Decía el escritor español León Daudí: “La vida, cuanto más vacía es, más pesa”. A veces es tan débil el alma que sucumbe bajo el peso de las cargas diarias. El ser humano es comparable a un edificio de tres columnas. Es mucha la carga y las tensiones a las que se halla sometido, y son millones los que acaban derrumbándose por descuidar dos importantes columnas: el espíritu y el alma.

Sobrados son los conocimientos respecto a cómo hemos de alimentar el cuerpo, pero ¿cómo nutrimos el espíritu?

Un músico llamado David, escribió: “Así como un venado sediento desea el agua de un arroyo, así también yo, Dios mío, busco estar cerca de ti” (Salmo 42:1 TLA). ¡Admitámoslo! El alma también tiene sed. El espíritu tiene forma de Dios y nada sin esa forma completará el puzzle de la existencia humana. 

Jesús de Nazaret afirmó: “Si ustedes se mantienen unidos a mí, yo me mantendré unido a ustedes. Ya saben que una rama no puede producir uvas si no se mantiene unida a la planta. Del mismo modo, ustedes no podrán hacer nada si no se mantienen unidos a mí (Juan 15: 4 TLA). Ilustró tan grande e inalterable verdad comparando al hombre con una rama y a él mismo con una vid, ¡la vid verdadera! Existen muchas vides, pero no todas dan vida. La cuestión es dónde estamos injertados.

También el alma precisa los buenos nutrientes que proporcionan los buenos pensamientos, correctas relaciones (lo que incluye aportar a otros y recibir de otros), leer buenos libros, amar y ser amados, colaborar con el bienestar de otros, y renunciar al enfermizo egoísmo.

El cantautor dominicano Juan Luis Guerra, experimentó el vacío de una vida sin Dios. Aunque había alcanzado gran fama y riquezas, no dejaba de ser un pobre espiritual, dependiente de los barbitúricos para lograr conciliar el sueño. Pero un día, su espíritu se conectó a Dios y entonces pudo escribir: “No necesito pastillas para dormir si estás conmigo; todos tus sueños florecen cuando me hablas al oído”.

Tal vez alcancemos el éxito descuidando el alma y el espíritu, pero nos  convertiremos en personas exitosamente vacías.

El hombre que dejó de tomar pastillas para dormir
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