“El pecado no es cuestión de suerte (si te pillan o no), sino de muerte”.

Pecado es una de esas expresiones que se halla en desuso. El hecho de mencionarla en una conversación puede generar todo tipo de reacciones, desde la perplejidad hasta la incredulidad. Mentir, por ejemplo, ya no es un pecado sino un acto que hasta puede ser considerado benévolo cuando persigue “nobles objetivos”. De ahí la expresión “mentira piadosa”. En opinión de algunos, robar es una necesidad, acostarse con mujer ajena es un desliz, desobedecer a las autoridades es actuar como hombre libre, y otros asuntos se dan en llamar “derecho a decidir”.

¿Qué es el pecado?

El diccionario de la RAE define pecado como “cosa que se aparta de lo recto y justo, o que falta a lo que es debido”. Menciona también el pecado de comisión como “toda acción contraria a la ley de Dios” y el pecado de omisión como “aquel en que se incurre dejando de hacer aquello a que se está obligado por ley moral”.

Pecado del griego “anomia”, es el desorden producido por el rechazo a Dios, a sus leyes y a su voluntad. Los principales términos usados para pecado en el NT son «hamartia», «hamartêma» y «hamartanõ», desviación de un curso recto; «transgresión» es «parabasis», «parabatês» y «parabainõ», cruzar o esquivar un límite.

¿Cómo se originó el pecado?

El origen del pecado está es el mismo diablo, quien “ha estado pecando desde el día en que Dios creó el mundo. Por esta razón vino el Hijo de Dios al mundo: para destruir todo lo que hace el diablo” (1 Juan 3:8 TLA).

¿Cuál fue el primer pecado en el mundo?

“El primer pecado en el mundo fue la desobediencia de Adán” (Romanos 5:12 TLA).

El pecado es comparable a una bola de nieve lanzada desde la ladera de un monte; tal vez se trate en principio de una pequeña bolita, aparentemente hermosa, casi inapreciable e inofensiva, pero a medida que avanza, su tamaño va creciendo así como su potencial de destrucción. El pecado genera más pecado y a su vez más destrucción. Una mirada incorrecta puede desencadenar un profundo deseo que se materializa en una acción incorrecta y cuyas consecuencias pueden ser imprevisibles e irreversibles. Lee 2 Samuel 11 y descubrirás que un pecado puede llegar a generar otros, muchos más letales, y que nadie está libre de cometer errores.

Del capítulo 3 del libro de Génesis aprendemos que:

1. El pecado afecta la relación con Dios

“El hombre y su mujer escucharon que Dios el Señor andaba por el jardín a la hora en que sopla el viento de la tarde, y corrieron a esconderse de él entre los árboles del jardín. Pero Dios el Señor llamó al hombre y le preguntó: -¿Dónde estás? El hombre contestó: -Escuché que andabas por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí” (Génesis 3:8-10 DHH).

Quien antes a Dios se acercaba ahora de Él se amagaba. El pecado afecta a la cantidad y la calidad del tiempo que pasamos con Dios (orando) y con su Palabra (escudriñando las Escrituras).

2. El pecado afecta e infecta a quien lo comete

El pecado de Adán, su desobediencia a las instrucciones de Dios, afectó su bienestar interior.

Adán le dijo a Dios: “Escuché que andabas por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí” (Génesis 3:10 DHH).

Nota:

  • La vergüenza.
  • El temor.
  • El abandono de sus responsabilidades (“me escondí”).
  • El alejamiento de Dios y su correspondiente frialdad espiritual.

3. El pecado afecta e infecta las relaciones personales

“Entonces Dios le preguntó: -¿Y quién te ha dicho que estás desnudo? ¿Acaso has comido del fruto del árbol del que te dije que no comieras? El hombre contestó: -La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí” (Génesis 3:11,12 DHH).

La frase: “la mujer que me diste…” esconde una mezcla de queja, acusación, autoengaño, evasión de responsabilidades y culpabilidad. El pecado socava las relaciones personales. El rencor, la crítica, la culpabilidad, el orgullo, la envidia, la soberbia, etc. son algunos pecados que destruyen las relaciones humanas.

4. El pecado afecta la relación del ser humano con la naturaleza y su entorno

“Ahora la tierra va a estar bajo maldición por tu culpa; con duro trabajo la harás producir tu alimento durante toda tu vida. La tierra te dará espinos y cardos, y tendrás que comer plantas silvestres. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste formado, pues tierra eres y en tierra te convertirás” (Génesis 3:17-19 DHH).

La tierra que antes Adán labraba y le generaba sabrosos frutos, producía ahora espinos y cardos. Es una realidad: la maldad y los intereses egoístas están acabando lentamente con aquello que Dios creó para nuestro disfrute. La tierra pertenece a Dios (Levítico 25:23) y nosotros somos inquilinos que nos beneficiamos de ella.

El pecado también vuelve al pecador cruel con los animales. “Los justos cuidan de sus animales, pero los perversos siempre son crueles” (Proverbios 12:10 NTV).

La solución

El ser humano padece una inclinación hacia el mal. Esa inclinación es reveladora, ya que muestra que algo dentro de él no marcha bien y, de conducirse así, podría sufrir un percance o provocar un desastre. Pero Jesús vino a reparar la vida del hombre generando en él una nueva naturaleza que corrija la perversa inclinación de la vieja.

Pecado, cuestión de muerte, no de suerte
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