¡Quiero cambiar! I

¿Has llegado a alguna situación límite en tu vida cuando te das cuenta que necesitas cambiar? Si es así, ¡enhorabuena!

Lo primero que deseo decirte es que sí, ¡se puede cambiar! Lo segundo es que ese cambio no tiene por que ser temporal. ¿Conoces a alguien que durante una temporada parecía comportarse como una persona radicalmente diferente, pero que tiempo después volvió a las andadas? Tal vez sea tu caso. ¿Has intentado mejorar en más de una ocasión sin obtener resultados serios o duraderos?

En determinados momentos, algunos individuos pueden sufrir o causar algún tipo de daño. Esa experiencia los lleva a abrir sus ojos acerca de la necesidad de una profunda transformación. Movidos por un fuerte sentimiento se aventuran a realizar drásticos reajustes en sus decisiones y acciones, con el objetivo de llegar a ser mejores personas. Algunos lo consiguen, otros no.

¿Cómo podemos cambiar real y permanente?

Lo primero que debemos considerar es que resulta más probable que logres cambiar cuando experimentas un genuino arrepentimiento, que es más que un pasajero remordimiento. El arrepentimiento incluye un profundo dolor por haberse equivocado y causado daño a otras personas. Añade a eso un intenso deseo de cambiar y no volver a fallar. Sin ese genuino arrepentimiento difícilmente se dará el cambio.

En su obra Enciclopedia de anécdotas e ilustraciones, Samuel Vila relata una historia bien interesante.

“–Vayamos a los barrios bajos, busquemos allí un borracho perdido que necesite un corte de pelo y de barba; traigámoslo aquí y hagamos una demostración ante nuestro grupo, del cambio que podemos lograr en el borracho. Esta fue la sugerencia de uno de los asistentes a la convención de la Midwestern Barber’s Association en Chicago. Encontraron un borracho en la esquina y le hicieron todo lo que se mencionó antes. Los barberos le hicieron una coleta y le compraron un traje nuevo, corbata, zapatos y calzoncillos. ¡Qué magnífico era su aspecto exterior! El director de un hotel, impresionado muy favorablemente por el cambio que habían logrado los barberos en el individuo, le ofreció un empleo. –Me presentaré a las ocho de la mañana para empezar a trabajar –prometió. Sin embargo, no se presentó. Lo encontraron más tarde, totalmente borracho, en una esquina. La mayor necesidad del hombre es de una limpieza interior. ‘Os es necesario nacer de nuevo’ decía Jesucristo. Una nueva presentación exterior no basta”.

Cuando una persona está verdaderamente arrepentida no culpa a otros ni descarga su ira sobre las circunstancias. Como decía la popular canción de Jeanette: “Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, porque nadie me ha tratado con amor, porque nadie me ha querido nunca oír…”. Aunque existan factores que puedan condicionar nuestros sentimientos, no tienen porque determinar nuestros comportamientos. Las decisiones finales las toma cada individuo. Esas decisiones forman los hábitos que a su vez forjarán el carácter. Por lo tanto, el enfoque se halla en uno mismo. Cuando tú cambias todo a tu alrededor puede cambiar. Eres un creador de buenos o malos ambientes.

El siguiente punto es que para lograr un cambio visible se tiene que trabajar en lo invisible. La religión, por ejemplo, suele enfocarse en lo externo. Siempre me ha causado estupor ver a personas infringiéndose latigazos durante algunas “celebraciones religiosas”. Eso no erradicará los deseos más ardientes. Una cosa es el cuerpo, otra el alma. Los fariseos, por ejemplo, mostraban una excesiva obsesión por ciertos detalles, tales como lavarse las manos antes de comer (algo no desdeñable, pero irrelevante en cuanto a lograr un cambio en el corazón humano). Jesús, por el contrario, se enfocaba en lo interno, el lugar donde se ha de trabajar para lograr cambios en el comportamiento. Él explicó que lo que contamina al hombre no es lo que entra dentro, sino lo que sale de adentro, como los malos pensamientos.

No resulta fácil enfocarse en lo interno cuando nuestras culturas están obsesivamente orientadas hacia lo externo. Mientras que la reputación hace referencia a lo que aparentamos ser, el carácter define lo que en realidad somos. Sin embargo cuidamos más lo externo que lo interno, porque somos esclavos de la fórmula “qpdm” ¿(qué pensarán de mí)? Todos tenemos nuestras máscaras.

Siguiendo las enseñanzas de Jesús, hemos de trabajar en lo que somos si queremos cambiar lo que hacemos. La Biblia enseña: “Cuales son sus pensamientos íntimos, tal es él” (Proverbios 23:7). Leemos en Romanos 12:2 que para poder cambiar hemos de renovar nuestra forma de pensar. “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente”. Sin necesidad de volverse obsesivos, es vital cuidar los pensamientos.

Durante un episodio de la vida de Jesús, que podemos leer en el capítulo ocho del Evangelio de S. Juan, vemos como los fariseos habían sorprendido a una mujer en plena actividad sexual ilícita. En un intento de tender una trampa a Jesús, le llevaron la mujer para escuchar su veredicto. Si respondía que la apedrearan, podrían acusarlo ante Roma de ser un hostigador y alentar disturbios y ejecuciones públicas, hechos que el imperio castigaba. Si decía que la perdonaran y la dejaran libre, se metía en un buen lío pudiendo ser acusado de incumplir las leyes antiguas. Jamás imaginarían la respuesta de Jesús: “¡El que nunca haya pecado que tire la primera piedra!”. Esas palabras fueron más demoledoras que todas las piedras que hubieran deseado lanzar contra la mujer. Jesús conocía el corazón de los hombres y sabía que, aunque no hubieran cometido un pecado semejante al de la mujer, en más de una ocasión lo habían consumado con el pensamiento, y ahí es donde radica el pecado. Jesús enseñó que cualquiera que mirase a una mujer con codicia ya había adulterado en el corazón (Mateo 5:27, 28).

¿Cuánta importancia concedemos a los pensamientos, las miradas y los sentimientos? Ahí está el caldo de cultivo de la maldad del ser humano. Job afirmó: “Hice un pacto con mis ojos, de no mirar con codicia sexual a ninguna joven” (Job 31:1). No podemos mejorar el comportamiento sin antes mejorar el corazón y la mente. Lo que hacemos es el reflejo de lo que somos y lo que somos es el fruto de lo que pensamos.

Desde el principio hasta el fin, la Biblia muestra un Dios más interesado en lo que ocurre dentro del ser humano que en las apariencias. Conocedor de ese Dios, David escribiría: “Sean, pues, aceptables ante ti mis palabras y mis pensamientos, oh Señor, roca mía y redentor mío” (Salmo 19:14). Una cosa es lo que hablamos y otra bien distinta lo que pensamos. Enfocados en las apariencias, mimamos más las palabras que los pensamientos.

¿Quién es la persona con la que más nos comunicamos al cabo del día? ¡Nosotros mismos! ¿Qué te dices a ti mismo? Esas conversaciones “entre tú y tú” resultan sumamente reveladoras a la par que trascendentes para poder cambiar. Pongamos un ejemplo: imagina que por fin has llegado a la conclusión de que tienes una grave debilidad en tu carácter: ¡el chisme! Varias personas te lo han señalado en más de una ocasión. Algunas de ellas, incluso, ya no quieren ni juntarse contigo. Como te sientes delatado y perdiendo amistades a pasos agigantados, decides introducir algunos cambios en tu modo de hablar, movido, no por un verdadero arrepentimiento –ese genuino dolor por haber dañado la reputación ajena–, sino por el hecho de que ha salido a la luz el tipo de individuo que eres (“se te ha visto el plumero”). Decides entonces cerrar la boca cuando te reúnes con los pocos amigos que te quedan, renunciando a vomitar comentarios denigrantes. Pasan los días y la gente comienza a sorprenderse con tu nuevo “look”. Pero has olvidado un detalle trascendente: ¡no exteriorizas lo que piensas, pero lo que piensas continúa siendo denigrante! Sigues interiorizando, “hablando” por dentro. Procurando enterrar tu imagen de chismoso, guardas silencio, pero dentro de ti permites pensamientos incorrectos, y en el fondo, continúas regodeándote en despellejar al prójimo. Oficialmente has dejado de ser un chismoso verbal, pero continúas siendo un chismoso mental.

Pasa el tiempo y un día cualquiera, en medio de una conversación de esas que tú consideras golosa, la fiera que has retenido durante semanas en la jaula, salta y de nuevo se manifiesta en público. Asombrados, tus amigos exclaman: ¡No has cambiado! Así es, ¡no has cambiado! Los dichos de tu boca no son malos, pero sí la meditación de tu corazón. En realidad, jamás dejaste de ser un chismoso.

La semana próxima seguiremos tratando este asunto.

2 thoughts on “¡Quiero cambiar! I

    1. «A todo el mundo le gusta una respuesta apropiada; ¡es hermoso decir lo correcto en el momento oportuno!»
      ‭‭Proverbios‬ ‭15:23‬ ‭NTV‬‬

      Queda demostrado con este texto. Lo buena y apropiada que es esta Palabra. Gracias.

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