Corazón de piedra versus corazón de carne

¿Has notado cuántas obras de autoayuda pueblan las librerías de nuestras ciudades? Pero ¿cómo puede un ciego guiar a otro ciego? ¿Cómo salir por nosotros mismos de un pozo profundo? ¿Cómo puede un esclavo de sí mismo liberarse a sí mismo? Jesús enseñó a sus discípulos: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5).

Dios ha dejado en las Escrituras una de las promesas más bellas y poderosas que podamos encontrar: “Entonces los rociaré con agua pura y quedarán limpios. Lavaré su inmundicia y dejarán de rendir culto a ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes. Les quitaré ese terco corazón de piedra y les daré un corazón tierno y receptivo. Pondré mi Espíritu en ustedes para que sigan mis decretos y se aseguren de obedecer mis ordenanzas” (Ezequiel 36:25-27 NTV).

Algunos corazones están tan enfermos que el único remedio para ellos es una drástica cirugía, un trasplante.

En cierta ocasión, una mujer se acercó al conocido Doctor Moody y le dijo: -“Ore por mi esposo, por favor. No es creyente y realmente hace muchas cosas malas, pero tiene buen corazón”. “Señora” –respondió Moody–, su esposo hace malas cosas precisamente porque tiene mal el corazón. Necesita un nuevo corazón”.

El reconocimiento del problema precede al comienzo del cambio.

Pero ¿por qué cambiar cuando creo firmemente que todo dentro de mí marcha bien? ¿Y si estoy convencido que el problema lo tienen otros y no yo? ¿Y si creo que “en el fondo no soy tan malo”?

En una ocasión leí la historia del jefe de una tribu al que le regalaron un espejo. Él nunca había tenido uno en sus manos. Cuando vio su cara reflejada en él, se encendió en ira porque no le gustó la imagen que veía, de modo que arrojó con furia el espejo al suelo, convirtiéndolo en añicos. Así actúan muchas personas. Cuando reciben la verdad de su reflejo, estallan en furia y niegan todo parecido con la realidad. La Biblia menciona este asunto: “Porque va a llegar el tiempo en que la gente no soportará la sana enseñanza; más bien, según sus propios caprichos, se buscarán un montón de maestros que solo les enseñen lo que ellos quieran oír. Darán la espalda a la verdad y harán caso a toda clase de cuentos” (2 Timoteo 4:3,4 DHH).

¿Deseas cambiar real y permanentemente? Reconoce tu necesidad de cambiar y apóyate en la gracia de Dios. Permite que Él trabaje en tu corazón.

Una oración poderosa

¿Que te parece si pronuncias esta sencilla oración con todo tu corazón?

“Ten misericordia de mí, oh Dios, debido a tu amor inagotable; a causa de tu gran compasión, borra la mancha de mis pecados. Lávame de la culpa hasta que quede limpio y purifícame de mis pecados. Pues reconozco mis rebeliones; día y noche me persiguen. Contra ti y solo contra ti he pecado; he hecho lo que es malo ante tus ojos. Quedará demostrado que tienes razón en lo que dices y que tu juicio contra mí es justo. Pues soy pecador de nacimiento, así es, desde el momento en que me concibió mi madre. Pero tú deseas honradez desde el vientre y aun allí me enseñas sabiduría. Purifícame de mis pecados, y quedaré limpio; lávame, y quedaré más blanco que la nieve. Devuélveme la alegría; deja que me goce ahora que me has quebrantado. No sigas mirando mis pecados; quita la mancha de mi culpa. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu fiel dentro de mí. No me expulses de tu presencia y no me quites tu Espíritu Santo. Restaura en mí la alegría de tu salvación y haz que esté dispuesto a obedecerte” (Salmo 51:1-12 NTV).

¡Quiero cambiar! II
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