“A menudo Jesús se retiraba a lugares donde podía estar solo para orar”. Lucas 5:16 PDT.

Existe una soledad inteligente, fructífera, que se comporta como abridor de oídos, ojos, mente y alma, y conservante del fuego interno. Una soledad que beneficia a quien la experimenta, sea que la busque o no.

Nos envuelven millares de sonidos. Percibimos quejas, desánimo, estupideces, mentiras, pesimismo, chismes, groserías, impertinencias y muchas incongruencias. Embotan el oído dificultando escuchar la voz de Dios y otras buenas y necesarias voces. Entre tanto grito humano no alcanzamos a percibir el susurro divino. Sí, conviene buscar con frecuencia esa inteligente soledad para que los oídos se regeneren y recuperen su capacidad de escuchar la mejor de todas las voces: la voz de Dios.

La correcta soledad forja valientes

Al amparo de la correcta soledad, un joven llamado David aprendería a vivir sin reconocimientos humanos, eso a lo que llamamos sencillez y humildad. Lograría amar a sus ovejas y, de ser necesario, arriesgar su vida por ellas. Aprendería a luchar y sobreponerse al temor para defender aquello que se le había confiado. Esto es valentía y responsabilidad. Aprendería a hacer las cosas excelentemente sin que testigos humanos dieran testimonio de ello. A esto se le llama integridad.

La correcta soledad perfecciona a los profetas, forja reyes, concibe sueños, afina al liderazgo. La correcta soledad nos devuelve al original, a la simplicidad, a recobrar el sentido de la vida. La correcta soledad nos permite apreciar aquello que un día consideramos hermoso, pero acabamos teniendo en poco: la caricia del viento, el vaivén de las hojas del árbol, el ocaso y la salida del sol, la fuerza de una tormenta, el aroma que despide el polvo de la tierra al mezclarse con las primeras gotas de lluvia…

Sí, existe una soledad que nos devuelve a la niñez, esa época cuando todo era más sencillo, lo importante era lo más importante y lo superfluo no recibía el valor que hoy se le atribuye.

Dios llevó al desierto a sus mejores soldados. Trató con ellos cara a cara en la soledad, lejos de las multitudes. ¿Por qué será? ¿Se tratará de crueldad divina, o tal vez conozca el Creador lo que sus criaturas necesitan?

Hay una soledad que destruye y otra que construye. La soledad puede ser el mejor regalo, aunque, en ocasiones, venga envuelto en un papel feo y tosco.


Imagen cortesía de Christophe Dutour en www.unsplash.com


 

Una correcta soledad
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