Viejos árboles

Herman Hesse, ganador del premio Nobel de literatura en 1947, decía acerca de los árboles: “Nada hay más ejemplar y más santo que un árbol hermoso y fuerte”.

Visitando el sitio web www.acoosfera.com, descubrí que el árbol más longevo de la tierra se halla en algún lugar no definido de las Montañas Blancas de California (EEUU), y su edad es de unos 4841 años. Otro de nuestros amados y vetustos árboles se halla en la isla de Creta (Grecia) y se calcula que, junto con otros seis compañeros más, acumulan más de 14000 años de vida.

Observar como una persona avanza hacia la madurez es siempre motivo de satisfacción. El secreto –nada secreto–, para crecer fuerte como un roble, se halla en permanecer injertado en Jesús. “Ciertamente, yo soy la vid; ustedes son las ramas. Los que permanecen en mí y yo en ellos producirán mucho fruto porque, separados de mí, no pueden hacer nada” (Juan 15:5).

Solo quien posea profundas y robustas raíces logrará resistir los embates del huracán. Los de raíces débiles son arrancados de la buena tierra (el propósito de Dios) y llevados de un lugar a otro por los vientos y tormentas dominantes (modas, pensamientos, conceptos, culturas, mentiras, doctrinas erróneas, etc.).

Vivimos tiempos peligrosos. Soplan fuertes vientos y los huracanes se vuelven frecuentes e intensos. Cabe revisar el estado de salud de tu raíz. Es tiempo de crecer hacia abajo. La profundidad es tu seguridad. Dedicar un tiempo diario a conversar sosegadamente con Dios fortalecerá tus raíces.

Cuando los fundamentos sean firmes y profundas las raíces, sucederá que “… ya no seremos inmaduros como los niños. No seremos arrastrados de un lado a otro ni empujados por cualquier corriente de nuevas enseñanzas. No nos dejaremos llevar por personas que intenten engañarnos con mentiras tan hábiles que parezcan la verdad” (Efesios 4:14).

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